Ítaca (Constantin Cavafis)

Cuando salgas para hacer el viaje hacia Ítaca
has de rogar que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de conocimientos.
Has de rogar que sea largo el camino,
que sean muchas las madrugadas
que entrarás en un puerto que tus ojos ignoraban
que vayas a ciudades a aprender de los que saben.
Ten a Ítaca siempre en el corazón
Has de llegar a ella, es tu destino,
pero no fuerces nada la travesía
Es preferible que dure muchos años,
que seas viejo cuando fondees en la isla
rico de todo lo que habrás ganado en el camino…

Más lejos, tenéis que ir más lejos
de los árboles caídos que os aprisionan.
Y cuando los hayáis ganado
tened bien presente no deteneros.
Más lejos, siempre id más lejos,
más lejos del presente que ahora os encadena.
Y cuando estaréis liberados
volved a empezar nuevos pasos.
Más lejos, siempre mucho más lejos,
más lejos, del mañana que ya se acerca…

Buen viaje para los guerreros
que a su pueblo son fieles
favorezca el Dios de los vientos
el velamen de su barco
y a pesar de su viejo combate
que tengan placer de los cuerpos más amantes.
Que llenen redes de queridos luceros,
plenas de aventuras, plenas de conocimiento.

Cuando nos hablan los antiguos

Acabo de despertar, pero recuerdo haber recuperado la conciencia por breves instantes y visto por la ventanilla de la ambulancia los balcones, los neones y los cables del Centro, antes que me aplicasen una nueva dosis de somníferos. ¿Cuánto tiempo habrá pasado desde que las autoridades universitarias, enconchabadas con mi esposa, me depositaron aquí, luego de relegarme de mis responsabilidades académicas y conyugales? A diferencia de los demás, a mí no me han colocado un collar. Pensarán que no hay nada más inofensivo que un anciano. La casa tiene revestimientos de mármol en la fachada y columnas de cedro en el traspatio. El suelo está empedrado y adornado con esas botijas de barro que se usan para guardar el pisco bajo tierra pero que, ahora, vierten el dulce licor de jazmines sobre el suelo. Hay un bello jardín con macetas de rosas y claveles y macizos de geranios, que diviso desde mi ventana. Desde aquí también es posible ver otro jardincito y algo que parece una biblioteca…¿una biblioteca?...!un momento!...!la biblioteca! Esta casa la conozco, es sólo que hace años que no venía. Aquí solía funcionar un instituto de altos estudios. No tenía conocimiento que Cattone la hubiese transformado en un geriátrico. Parece como si la universidad se empeñara en perseguirme o como si yo pudiera dejar de huir de ella ¿O será que el mundo es demasiado grande o que Lima sigue siendo demasiado pequeña o que la memoria nos hace cargar con tantos datos absurdos, que me resulta demasiado fácil confundir la inmensidad, la casualidad y la intrascendencia con el destino? Como sea, hay que ser muy estúpido para cometer el mismo error dos veces consecutivas y ésta es la segunda vez que el cardenal me subestima. Ésta, es mi casa.
Desde hace algunas semanas todos los que moran o deambulan por los alrededores del barrio comentan que oyen ruidos como de pisadas debajo de la tierra. Provienen, sin duda, del 459 del Jr. Camaná, y se repiten como ecos a lo largo de la calle para luego perderse en el infinito. Aunque todavía no llegamos a octubre, una comisión de vecinos ha ido hasta las Nazarenas a solicitar la intervención del Señor de los Milagros y, desde entonces, todos esperamos impacientes la respuesta de la cofradía, y por supuesto, al Cristo Moreno, para ver si así se ahuyentan a las almas en pena que interrumpen el sueño de los vecinos y la vigilia de los guachimanes y los serenos. Nadie sabe que los ocupantes originales de ésta casa fueron los Ramírez Arellano. Entonces el Jr. Camaná no era el Jr. Camaná, era la calle de Lártiga. Pero eso es un dato sin importancia, no lo recuerda nadie con excepción, por supuesto, de quienes vivimos atormentados por los fantasmas de nuestro pasado y, ciertamente, en esta casa hay mucho pasado.
Por aquí corrió la sangre de los Adelantados de Andalucía, héroes de la Reconquista que el Rey supo premiar con el título de Caballeros de la Espuela Dorada; todos nobles ancestros de quien fuera don Nicolás de Ribera el Viejo, repartidor de solares y primer vecino de Lima. Don Nicolás de Ribera fue, además, uno de los trece que, parados frente a una raya trazada con una espada en la arena, eligió colocarse del lado de Francisco Pizarro, conquistador del Tahuantinsuyo; y uno de los cuatro a los que la Cacica Capullana – que por cierto no era dada a recibir gente en su casa – agasajó en la fortaleza de Chan Chan con abundante chicha de jora, cebiche de caballa y seco de chabelo. Unido a doña Elvira Soler, Ribera el Viejo engendró una hija a la que casó bien. Primero, con don Lucas Martínez Vegaso, una reliquia que murió diez días después de la boda – dicen – por la fogosidad de la hija de Ribera el Viejo, por lo demás rara en una damisela virgen. Y después, con el señor de la villa de Valero de Extremadura, caballero de Alcántara, Almirante de la escuadra que se enfrentó al pirata Hawkins y alcalde de Lima en 1598: don Alonso de Vargas Carvajal Contreras y Carrillo de Mendoza.
Pero si entre los fantasmas que habitan la casa tuviera que elegir a uno no vacilaría en quedarme con el espíritu chocarrero de doña María Jiménez de Lobatón y Azaña, hija del caballero de Calatrava y presidente de la Audiencia de Lima . No por nada especial, es sólo que, como se habrá notado, doña María es homónima de una vieja cantaora española que a mí me gusta mucho y con quién me encanta fastidiarla. Le digo “mira a tu tocaya, tiíta, qué bandida que es”, cuando escucha las canciones que le pongo. “¡Ay qué lisura, sobrino!”, responde alzando la voz pero riéndose. Además, es una chismosa, doña María me datea todo. Se balancea en una mecedora y teje medias de alpaca para sus nietos que son un montón, al lado de una ventana del geriátrico. Me ha dicho, por ejemplo, que a Brianda, su hija, la casaron con don Antonio Sancho Dávila y Bermúdez de Castilla.
– En realidad – me susurra al oído – mis nietos se volvieron todos locos, Efraincito, y se metieron de monjes en el Convento de los Descalzos. Salvo por José, que se ha quedado con todo el muy sabido, los títulos, la plata, todo. A ese si que no le tejo nada – Mi tía se refiere, por supuesto, al tío José Sancho Dávila y Castro, señor de Valero y marqués de Casa Dávila – imagínate, sobrino, que se casó con la Andrea de Mendoza y Sánchez Boquete Ríos Navamuel y Román de Aulestia, si, la hija de los marqueses de Montealegre de Aulestia, amigos míos de toda la vida, claro, y Andrea, tan guapa ella. Un vivo el José, de tonto ni un pelo. Pero mejor ni hablar mal de él, oye, porque es gracias a mi bisnieta, Carmen Sancho Dávila de Mendoza que estoy aquí y el José tiene oído de tísico, no vaya a ser que me escuche y la canción criolla. Qué haría yo, una vieja pelleja, caminando por Lima como una descarriada, uy no hijito, toco madera.
Geronto se acerca hacia nosotros con su andador y doña María calla.
– ¿Con quién habla, compadre? – pregunta
– Uy qué confianzas –
– Hablo con mi tía, y no me compadree que yo no lo conozco a usted de nada. Además, ¿no ve que está interrumpiendo mi oráculo? ¡Ya vaya carajo!
“Qué carácter”, murmura el viejo.
– Bueno sobrino, lo que es yo, me voy a dormir la siesta – bosteza la tía María
– Tía: no se olvide usted de mi tema pues – suplico
– Ay perdón hijito – responde la tía María alcanzándome un papel doblado – Ya sabes, ah, me saludas a todos.
Un nombre aparece caligrafiado en el papel: don Ignacio de Osma Ramírez de Arellano. Es un buen punto de partida. En la biblioteca he encontrado un diccionario de heráldica que revela que el linaje de don Ignacio asciende hasta el Oidor de Lima, don Gaspar de Osma y Querajazu, natural de La Rioja y conde de Vista Florida; y desciende hasta don José de la Riva Agüero y Osma, propietario del diccionario y del solar en cuestión, el Delfín.
Bisnieto de don José de la Riva Agüero y Sánchez Boquete, que fue perseguido por su afiliación a logias liberales durante las guerras de la independencia, hijo de doña María de los Dolores de Osma y de don José de la Riva Agüero y Riglos, el Delfín, heredero de los marquesados de Casa Dávila y Montealegre de Aulestia, murió en el hotel Bolívar en 1944, sin dejar descendencia, precisamente, cuando había abandonado sus actividades académicas para restaurar esta casa y recuperarla de los balcones neoclásicos con que sus antepasados la profanaron.

Spring Lovers Song (Si tu quieres)

Ibn Khaldun


Paying imposts is a sign of meekness and submission that proud souls do not tolerate. 

Hacen falta agallas. Eleuterio Gandía. 1980

Hace falta cierta dosis de valentía
Para desperezarse el asco
y arrancar la primera tos de la mañana
que nos pone en contacto
y nos enciende el día

Hacen falta agallas para abrir la ventana
y dar paso a sacrílegos humos tan de mañana
que inundan la casa del sueño de la calle
como bofetada propinada en el vacío

Hay que lavarse la cara y vestirse,
y adecentarse el flequillo
para ver las mismas caras,
los mismos hombres con el bocadillo
debajo del sobaco
y la sonrisa escondida
en el subsuelo de una grieta

Hace falta valor para bajar despacio la escalera
arrastrar los pies y soportar
el tufo de ruido que desprenden las motos,
y ver el autobús de siempre
engullir estático viajeros en su vientre

Hace falta moral para traspasar
El umbral del trabajo
Y resistir el día de iguales movimientos
Idénticas conversaciones,
acostumbradas bromas
y gestos acostumbrados

Hace falta costumbre para salir del trabajo
y encontrar como siempre en el camino
las mismas luces apagadas
los mismos bares encendidos
los mismos amantes ocultando el beso

Hay que llegar luego a casa
y traspasar la puerta,
dar un beso a la esposa del tedio
y preguntar por los niños
que como tantas veces,
estarán dormidos

Hay que acostar más tarde el cansancio
sin escupir,
hay que fumarse el último cigarro
que prepare la tos de la mañana;
hay que hundirse en las sábanas
sin regar las macetas

Y para esto,
para todo esto,
hace falta valor,
cierta dosis de valentía,
unas cuantas agallas
y unos santos cojones.

Los santos cojones de Roberto Challe en la bombonera

La celebración de Tardelli